No lo soñaron, pero la vida los puso en el mismo camino: los hermanos de Sincelejo que ascendieron juntos al grado de cabo tercero

*Su madre, una mujer trabajadora y luchadora, sacó adelante a sus cinco hijos con esfuerzo y con los ahorros que durante años reunió para abrirles oportunidades.

Redacción Nacional

Hay historias que comienzan con un sueño. La de Jonathan y Abraham Castillo Sánchez comenzó de otra manera. Ninguno imaginó desde niño que terminaría vistiendo el uniforme militar. La vida los llevó por distintos caminos, les puso retos que no estaban en sus planes y, con el tiempo, terminó reuniéndolos en una misma decisión: seguir sirviendo a Colombia, ahora como suboficiales del Ejército Nacional.

El pasado 28 de agosto, los dos hermanos, los menores de una familia de cinco hijos de Sincelejo, Sucre, recibieron las insignias que los acreditarán como cabos terceros. En primera fila estuvo su madre, la mujer que ha acompañado cada una de sus decisiones, y, en la distancia, su padre, un policía retirado que desde siempre ha sido para ellos un referente de disciplina y servicio.

En su casa, el uniforme no era algo extraño. Tres de los cinco hermanos han tenido vínculo con la Fuerza. Sin embargo, para Jonathan y Abraham la decisión de dedicar su vida al servicio llegó después de recorrer otros caminos.

Abraham estudió Contaduría, se acercó a la Física y pasó por diferentes empleos. Después, ambos prestaron servicio en la Armada Nacional como infantes de Marina y, más adelante, se convirtieron en soldados profesionales del Ejército Nacional.

Fue allí donde comenzaron a conocer de cerca las exigencias del servicio. Vivieron la explosión de un carro bomba, hostigamientos en zonas rurales y momentos de tensión ante amenazas de francotiradores. Fueron experiencias difíciles que los enfrentaron a escenarios complejos del país y que, con el tiempo, también les permitieron entender la responsabilidad que implica servir en el territorio.

A esa experiencia se sumaron las dificultades económicas que atravesó la familia. Su madre, una mujer trabajadora y luchadora, sacó adelante a sus cinco hijos con esfuerzo y con los ahorros que durante años reunió para abrirles oportunidades. Su padre, un hombre de pocas palabras, los acompañó desde la disciplina y el ejemplo.

La posibilidad de convertirse en suboficiales llegó primero para Abraham. Cuando recibió la noticia de su selección, llamó a casa.

«Ajá, hijo, con la bendición de Dios, es una buena oportunidad», le respondió su madre.

Abraham aceptó el reto. Poco después, Jonathan recibió la misma noticia. Y así, después de haber compartido la infancia, el servicio y varias experiencias dentro de la Fuerza, volvieron a encontrarse en un mismo lugar: las aulas y los campos de entrenamiento de la Escuela Militar de Suboficiales Sargento Inocencio Chincá.

Jonathan, perteneciente al Arma de Artillería, es reservado, metódico y de carácter firme. Abraham, del Arma de Caballería, es conversador, espontáneo y risueño. Sus personalidades son diferentes, pero esa diferencia nunca ha sido una distancia. Por el contrario, durante el último año se convirtió en una de sus mayores fortalezas.

«Uno sabe que donde está el uno, está el otro. Son un ejemplo de hermandad. Es bonito ver cómo se ayudan y cómo, a pesar de las dificultades, han logrado salir adelante juntos», cuentan sus compañeros de curso.

Para ambos, este ascenso representa mucho más que una nueva insignia. Después de varios años de servicio, convertirse en suboficiales significa continuar creciendo dentro de la Fuerza, asumir nuevas responsabilidades y construir un futuro profesional que también representa una oportunidad para sus familias.

«Ellos ya conocen el servicio, han vivido sus exigencias y ahora tienen la oportunidad de continuar creciendo profesionalmente. Su historia demuestra que cuando un militar encuentra oportunidades para avanzar, también encuentra nuevas posibilidades para su familia y para seguir sirviendo al país», señala el coronel

Gabriel Alexánder Ramos García, director de la Escuela Militar de Suboficiales.

La formación en la Escuela también les permitió reafirmar la manera en que entienden el liderazgo. Para Jonathan, un buen líder no se mide por el tiempo que lleva en la Fuerza, sino por su capacidad de dar ejemplo y responder por sus hombres. Abraham lo resume desde la experiencia que le han dejado los años de servicio: «Fuerte es aquel que es capaz de evitar los problemas».

Más allá de la formación militar, ambos reconocen que este proceso fortaleció en ellos la disciplina y la perseverancia necesarias para afrontar las dificultades y mantenerse firmes frente a sus objetivos. Son aprendizajes que ahora pondrán al servicio del Ejército Nacional en las unidades donde continuarán su carrera.

El pasado 28 de agosto, cuando Jonathan y Abraham recibieron las insignias de cabos terceros, su madre estaba nuevamente en primera fila. Esta vez no solo vio a sus dos hijos alcanzar un nuevo grado, sino el resultado de una historia familiar construida con trabajo, tenacidad y perseverancia.

Quizás por eso Abraham encuentra en una frase la manera de explicar cómo llegaron hasta aquí: «Nosotros no somos lo que queremos, sino lo que Dios nos da».

Ellos nunca soñaron con ser militares, pero tampoco dejaron de avanzar. La vida los llevó hasta este punto y, después de haber recorrido juntos una parte importante de este camino, hoy están listos para asumir un nuevo reto: seguir sirviendo a Colombia, ahora como suboficiales del Ejército Nacional.

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