*Los primeros días sintió nervios; después, aquello que parecía lejano comenzó a sentirse propio. Cada formación, cada ceremonia y cada jornada le confirmaban que quería seguir por ese camino.
Redacción Nacional
Mucho antes de aprender a marchar, Dairo David Yepes Soto ya sabía que quería vestir el uniforme del Ejército. De niño veía por televisión las ceremonias militares, observaba a los soldados formar y seguía con atención cada movimiento. Le llamaba la atención la disciplina, la marcialidad y, sobre todo, la posibilidad de hacer parte de algo que desde entonces despertaba su admiración. En Rebolo, un barrio tradicional de Barranquilla, comenzó a crecer una idea que con los años dejó de ser un sueño de niño y se convirtió en una decisión. Ser soldado.
A los 18 años encontró la oportunidad de acercarse a ese propósito. Durante el proceso de incorporación, un sargento primero lo orientó y Dairo presentó los exámenes para prestar su servicio militar. Viajó de Barranquilla a Bogotá y cumplió 12 meses en el Batallón Guardia Presidencial. Allí conoció de cerca una realidad que hasta entonces había observado desde una pantalla. Participó en ceremonias militares y tuvo contacto con presidentes, ministros, generales y delegaciones internacionales. Los primeros días sintió nervios; después, aquello que parecía lejano comenzó a sentirse propio. Cada formación, cada ceremonia y cada jornada le confirmaban que quería seguir por ese camino.
En mayo de 2026 terminó su servicio militar, pero no quería que ese fuera el final. Había descubierto que su lugar estaba en el Ejército y decidió buscar una oportunidad para continuar como soldado profesional. También tenía una meta más adelante, llegar a ser suboficial. Intentó ingresar al Curso N.° 83, pero finalmente no se presentó. Esperó una nueva oportunidad y, cuando se abrió la convocatoria para el Curso N.° 84, volvió a intentarlo. Esta vez consiguió un lugar en la Escuela de Soldados Profesionales.
Llegar a la Escuela significaba comenzar a darle forma a una decisión que había tomado años atrás. Allí tendría que prepararse, aprender, entrenar y asumir las exigencias propias de la vida militar. Sin embargo, apenas habían transcurrido 12 días desde su llegada cuando recibió una noticia que cambió aquel momento. Su madre, Jomaira Soto Gómez, había fallecido.
Antes de viajar a la Escuela habían hablado sobre su futuro. Dairo le contó que quería convertirse en soldado profesional y continuar su carrera hasta llegar a ser suboficial del Ejército Nacional. Ella le pidió que hiciera las cosas bien. Él le prometió regresar a Barranquilla con la satisfacción de haber cumplido su propósito. Fueron las últimas conversaciones que tuvieron antes de que él comenzara esta nueva etapa.
Dairo tuvo la posibilidad de regresar a su ciudad. Podía dejar por un momento la formación y estar junto a su familia, pero decidió quedarse. Continuó en la Escuela, con el recuerdo de su madre presente y con una promesa que ahora tenía un significado diferente. No se trataba de olvidar la pérdida, sino de seguir adelante con aquello que ambos habían hablado antes de su partida.
Desde entonces, cada jornada de formación ha tenido un valor especial. El entrenamiento le exige físicamente, mientras la instrucción le enseña a responder con disciplina, concentración y responsabilidad. Hay momentos en los que el cansancio pesa y el cuerpo pide detenerse; es allí donde ha entendido que la preparación de un soldado también se construye desde la mente. Aprender a controlar los pensamientos, mantener la concentración y encontrar razones para continuar también hace parte de su formación.
Ahora el uniforme ya no es una imagen que observa desde lejos. Es la ropa que viste todos los días, la que lleva mientras aprende a ser soldado, enfrenta las jornadas de entrenamiento y se prepara para las responsabilidades que asumirá dentro del Ejército. También es motivo de orgullo para su familia, porque es el p
primer integrante de su hogar en emprender una carrera militar.
Su mirada está puesta más adelante. Quiere llegar a la Escuela Militar de Suboficiales “Sargento Inocencio Chincá” y continuar allí la carrera que comenzó como una admiración. Sabe que todavía debe prepararse, estudiar, entrenar y superar nuevas exigencias, porque cada reto que enfrenta hoy en la Escuela lo acerca un poco más a la meta de convertirse en el suboficial que sueña ser.
A los jóvenes que alguna vez han sentido admiración por el uniforme militar, Dairo les habla desde su propia experiencia. Les dice que una oportunidad puede cambiar el rumbo cuando existe la decisión de aprovecharla y que no siempre el primer intento es el definitivo. Él esperó, volvió a intentarlo y hoy está cumpliendo el primer paso de la carrera que quiere construir. Para él, ingresar a la Escuela de Soldados Profesionales no fue simplemente encontrar una oportunidad; fue decidir qué quería hacer con su vida.
Dairo comenzó mirando soldados por televisión. Después viajó a Bogotá para prestar su servicio militar y descubrió que quería quedarse. Hoy marcha, entrena y se forma con la mirada puesta en una meta que todavía está por alcanzar. Lleva el uniforme que soñó desde niño y, con él una promesa que hizo antes de partir de Barranquilla. Su historia apenas comienza, pero esta vez no la está mirando desde lejos. La está viviendo.



